La carne vacuna, históricamente uno de los alimentos más representativos de la mesa argentina, atraviesa un cambio profundo en los hábitos de consumo. Según datos de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), el consumo anual por habitante cayó a 47,5 kilos, el registro más bajo de las últimas dos décadas.
La reducción del consumo se produce en un contexto marcado por la pérdida de poder adquisitivo de los hogares, el aumento sostenido de los alimentos y el encarecimiento de la carne vacuna respecto de otras proteínas.
Entre enero y mayo de 2026, el consumo interno de carne vacuna registró una caída interanual del 11,1%, mientras que las exportaciones crecieron un 5,1%, impulsadas principalmente por la demanda internacional.
La carne aumentó mucho más que la inflación
Uno de los factores que explica esta caída es la evolución de los precios.
De acuerdo con el informe, en los últimos doce meses la carne vacuna acumuló un aumento del 57,9%, muy por encima de la inflación general registrada en el mismo período.
La diferencia también se observa frente a otras alternativas de consumo. Mientras el pollo aumentó un 38,9% y el cerdo un 23,6%, los cortes vacunos continuaron alejándose del presupuesto de muchas familias.
Actualmente, el kilo de carne vacuna ronda los $18.500, mientras que el cerdo se ubica cerca de los $9.100 y el pollo alrededor de los $5.000.
Cambian los hábitos de consumo
La consecuencia directa es un cambio en la composición de la dieta de los hogares argentinos.
Cada vez más consumidores reemplazan parcial o totalmente la carne vacuna por pollo o cerdo, opciones que permiten acceder a proteínas a un costo considerablemente menor.
Hoy, un kilo de asado equivale aproximadamente a cuatro kilos de pollo o dos kilos de cerdo, una diferencia que impacta de manera directa en las decisiones de compra.
Un desafío para la seguridad alimentaria
Desde la perspectiva de los consumidores, el dato no sólo refleja una modificación cultural o alimentaria. También constituye un indicador de las dificultades económicas que enfrentan numerosos hogares para sostener el acceso a alimentos básicos.
La posibilidad de elegir una dieta equilibrada y adecuada está estrechamente vinculada con los ingresos familiares y con la evolución de los precios de los productos esenciales.
La caída del consumo de carne vacuna pone de manifiesto cómo el deterioro del poder adquisitivo continúa condicionando las decisiones de compra y obliga a muchas familias a reorganizar sus consumos para llegar a fin de mes.
Más allá de las preferencias individuales, el acceso a una alimentación suficiente y de calidad constituye un aspecto central del bienestar de los consumidores y una variable clave para analizar la evolución de la calidad de vida de la población.
