Nueva pirámide alimentaria de Estados Unidos: viejas recetas, nuevos discursos y una mirada crítica desde la salud y los derechos

La alimentación volvió a instalarse en el centro del debate público. En un contexto global atravesado por el avance de dietas milagrosas, discursos de control sobre los cuerpos y soluciones rápidas para “comer mejor”, Estados Unidos presentó una nueva pirámide alimentaria que, lejos de saldar discusiones, reabrió viejos interrogantes sobre quién define qué es una alimentación saludable, desde qué perspectiva y con qué intereses.

La difusión de esta nueva guía —en línea con las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030, elaboradas por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS)— vuelve a posicionar a ese país como referencia global en materia nutricional. Sin embargo, especialistas advierten que estas recomendaciones no son universales ni neutrales, y que su impacto debe analizarse con una mirada crítica, especialmente en América Latina.

Una pirámide que no es nueva, pero sí más confusa

Aunque fue presentada como una “innovación”, la nueva pirámide alimentaria retoma esquemas jerárquicos clásicos. A diferencia del modelo MyPlate, vigente desde 2011, esta representación vuelve a ordenar los alimentos en niveles, estableciendo cuáles deberían ocupar un lugar central y cuáles quedar relegados.

En la cúspide aparecen los alimentos de origen animal —carnes, huevos, lácteos y grasas animales— mientras que los granos, cereales y legumbres descienden a los niveles más bajos, con una presencia mínima o directamente invisibilizada. Esta decisión generó fuertes cuestionamientos desde el campo de la nutrición crítica, la salud pública y los enfoques de derechos.

“Estas guías no solo informan: también jerarquizan, disciplinan y transmiten valores culturales”, explica Raquel Lobatón, nutricionista especializada en nutrición consciente y enfoques no pesocentristas, consultada para esta nota. “No son políticamente neutras. Detrás hay intereses económicos, agendas productivas y una visión colonial de la alimentación”.

¿Guerra contra la proteína o guerra contra los carbohidratos?

Uno de los ejes discursivos más llamativos de la nueva pirámide es la supuesta intención de “terminar con la guerra contra la proteína”. Sin embargo, especialistas señalan que, lejos de haber sido demonizada, la proteína animal viene siendo exaltada desde hace décadas, impulsada por una poderosa industria alimentaria y de suplementos.

En contraste, los carbohidratos —particularmente los provenientes de granos y cereales— continúan siendo asociados a discursos de riesgo, pese a constituir la base histórica de la alimentación de múltiples culturas, especialmente en América Latina.

La exclusión casi total de las legumbres (lentejas, garbanzos, porotos) resulta especialmente problemática: se trata de alimentos accesibles, nutritivos y centrales en las dietas populares, que combinan proteínas vegetales, fibra y micronutrientes clave.

Ultraprocesados, moralización y desigualdad

Otro de los puntos más polémicos de la nueva pirámide es la demonización absoluta de los alimentos ultraprocesados, sin contemplar contextos sociales, económicos ni culturales. “Decir ‘evitarlos por completo’ es profundamente clasista”, advierte Lobatón. “Ignora la realidad de millones de personas para quienes esos alimentos no son una elección, sino muchas veces la única opción disponible”.

Además, la categoría de “comida real”, utilizada de manera ambigua, refuerza una lógica moralizante que divide los alimentos —y a quienes los consumen— entre lo “bueno” y lo “malo”, sin atender a las condiciones materiales de acceso ni a las prácticas culturales.

Alimentación, género y control de los cuerpos

La nueva pirámide también puede leerse desde una perspectiva de género. La centralidad otorgada a la carne, el huevo y la proteína animal se vincula históricamente con imaginarios de fuerza, masculinidad, control y rendimiento. En un contexto político estadounidense atravesado por discursos conservadores y una revalorización de roles tradicionales, la alimentación aparece nuevamente como un terreno de regulación simbólica.

A esto se suma una narrativa pesocentrista que refuerza la idea de una “guerra contra la obesidad”, sin contemplar la diversidad corporal ni los determinantes sociales de la salud. “La delgadez no es sinónimo de salud, ni la gordura de enfermedad”, señala Lobatón. “No se puede evaluar la salud de una persona solo por su peso”.

¿Guías para quiénes?

La pregunta de fondo sigue abierta: ¿para quiénes están pensadas estas guías alimentarias? ¿Reflejan la diversidad cultural, económica y social de las poblaciones o responden a intereses concentrados?

Desde América Latina, cada vez más voces reclaman políticas alimentarias basadas en la soberanía alimentaria, el respeto por las culturas locales, el acceso real a los alimentos y una mirada integral de la salud que no reduzca el bienestar a una única variable corporal.

“Los cuerpos no son problemas a resolver”, sintetiza Lobatón. “Todas las personas tienen derecho a comer lo suficiente, a vivir dignamente en el cuerpo que tienen hoy y a construir salud sin culpa ni castigo”.

En tiempos de crisis económica, precarización y profundización de las desigualdades, discutir qué comemos y quién define qué deberíamos comer es también discutir derechos, justicia social y modelos de sociedad.